Es
para mí es un placer y un honor muy grande
poder hablar a los peronistas desde esta tribuna y,
sobre todo, poder hacerles llegar mi modesta voz en
una de las materias más queridas para los peronistas:
"La historia del peronismo". Cuando el director
de la Escuela Superior Peronista me pidió que
yo dictase un curso extraordinario en ella, advertí
su gran importancia y quise medir la responsabilidad
que significaba para mí el narrar, en cierto
modo, el extraordinario capítulo de nuestra
historia que estamos viviendo y que las generaciones
venideras sabrán apreciar, porque en él
estamos construyendo la grandeza de la Nación.
Yo me alegré, entonces, porque hablar de la
historia del movimiento peronista, era, en cierto
modo, recordar con ustedes, con los alumnos de esta
escuela, con hombres y mujeres peronistas de corazón,
todas las jornadas de lucha y de gloria de nuestro
movimiento, vividas en estos pocos años, en
una Patria tan cara para nosotros. Cuando el doctor
Mendé me habló para que dictara esta
clase, pensé que si bien significaba una gran
responsabilidad, hablar de la historia del movimiento
peronista era un honor para mí, que había
vivido sus difíciles momentos, su gestación,
sus triunfos y la culminación de sus realidades.
Por eso acepté dictar este curso.
Pensé que estos siete años del movimiento
peronista podían medirse con los pocos años
de mi vida, porque los he vivido con gran intensidad.
Y digo pocos años, porque para mí es
lo mismo que para aquella viejita a quien San Martín
le preguntó qué edad tenía, y
que contestó al Libertador que era muy niña,
porque tenía la edad de la Patria. Para mí
la vida empieza el día en que mi camino se
encontró con el camino del general Perón,
día que yo siempre he llamado con orgullo "mi
día maravilloso". Es por eso que desde
el día en que conocí al general Perón,
yo le dediqué mis ensueños de argentina
y abracé la causa del pueblo y de la Patria,
dando gracias a Dios de que me hubiese iluminado para
que, joven aún, pudiera brindar mi vida al
servicio de una causa tan noble como es ésta
de Perón.
Yo me di cuenta de que la historia del peronismo necesitaba
una explicación y de que esa explicación
sólo se puede dar ubicando al peronismo en
la historia de nuestro pueblo, y, más aún,
en la historia del mundo. Y advertí que era
también necesario poseer algunos conocimientos
de historia universal y de la filosofía de
la historia; y aunque siempre he tenido un amor extraordinario
pro la historia, reconozco que solamente me he detenido
en las páginas de los grandes hombres, porque
he querido siempre hacer un paralelo entre los grandes
hombres y el general Perón. Es que la comparación
de nuestro Líder con los genios de la humanidad
siempre me resultó interesante, y he llegado
tal vez por mi fanatismo por esta causa que he tomado
como bandera –y todas las causas grandes necesitan
de fanáticos, porque de lo contrario no tendríamos
ni héroes ni santos-, a hacer un paralelo entre
los grandes hombres y el general Perón.
Todos ellos –los grandes hombres del pasado-
lucharon por un imperio, por encontrarse a sí
mismos... pero el general Perón lucha por algo
más grandes: lucha por encontrar la felicidad
del pueblo argentino. Solamente con estos conocimientos
de historia, en los que he me detenido bastante, y
con el gran amor por la causa de Perón, yo
voy a tratar de cumplir aquí con este curso
y explicarles a ustedes la historia de nuestro movimiento,
como lo veo en medio de la historia del mundo y de
la historia de los pueblos.
El General, en su discurso inaugural, hizo un elogio
a la intuición femenina; yo creo también
en la intuición femenina de una manera especial
y me permito recurrir a esa intuición en esta
Escuela en que las alumnas y alumnos de una cultura
superior pueden colaborar conmigo para tratar de profundizar
y de ahondar nuestra historia del peronismo. La intuición
no es para mí otra cosa que la inteligencia
del corazón; por eso es también facultad
y virtud de las mujeres, porque nosotras vivimos guiadas
más bien por el corazón que por la inteligencia.
Los hombres viven de acuerdo con lo que razonan; nosotras
vivimos de acuerdo con lo que sentimos; el amor nos
domina el corazón, y todo lo vemos en la vida
con los ojos del amor.
Yo aquí, como mujer y como peronista, voy a
tratar de profundizar la historia del peronismo con
el corazón. Los hombres sienten y sufren menos
que nosotras; no es un defecto, la naturaleza que
es sabia sabrá por qué lo ha hecho.
Pero nosotras las mujeres, cuando amamos a un niño,
cuando amamos a un anciano, tratamos de consolidar
su felicidad. Los hombres con más facilidad
pueden destruir, pueden matar. Ellos no saben lo que
cuesta un hombre; nosotras, sí.
Cuando una mujer tiene la intuición de que
un hijo que está lejos está enfermo
o le ha pasado una desgracia, es que siente y ve con
los ojos del alma y el corazón; es que la mirada
se ha alargado más allá; es la mirada
del amor, que es la que siente, que es la que presiente
y lo ve todo. Es por eso que yo he querido ser, como
mujer argentina, la eterna vigía de la Revolución,
porque quiero ser una esperanza dentro de nuestro
movimiento, para poder colaborar con la obra patriótica
y ciclópea de nuestro Líder de construir
una nación socialmente justa, económicamente
libre y políticamente soberana.
Pero para poder lograr la obra ciclópea del
general Perón, hay que buscar la luz en otros
factores: en el pueblo y en el Líder. La historia
del peronismo que yo vengo a dictar aquí, no
será más que la historia de ellos, de
esos grandes amores de mi vida, que junto con la Patria
llenan todo mi corazón. Para que esta historia
de siete años que todos nosotros vivimos tan
felizmente sea explicada, tenemos que empezar aceptando
que debemos comenzar por definir quiénes fueron
sus personajes. Pero en realidad, si se analiza a
fondo todos los personajes de las épocas de
los pueblos, hallaremos allí dos clases de
personajes: los genios y los pueblos, y aquí,
en la historia del peronismo, no hay más que
dos personajes, solamente dos: Perón y el pueblo.
Y es por eso que estos dos personajes, o sea el genio
y el pueblo van escribiendo con tintas brillantes
y obscuras, los millares y millares de capítulos
que componen la vida de la humanidad.
En general la historia del mundo es la suma de esas
dos historias que corren juntas. Yo sé que
sobre este tema de los pueblos y de los grandes hombres
es mucho lo que se ha escrito y que quizá mis
puntos de vista en esta materia sean discutibles,
pero yo tengo sobre toda otra explicación,
una ventaja extraordinaria. Nosotros estamos viviendo
una época maravillosa, una época que
no se da en todos los países ni tampoco en
todos los siglos, y ésta es una verdad indiscutible.
Los críticos, los supercríticos, los
detractores de Perón, podrán escribir
la historia como les parezca, como se les antoje,
deformando o tergiversando, o decir la verdad, pero
lo que no podrán decir, explicar ni negar jamás,
es que el pueblo lo quiso a Perón.
Explicar este hecho, es casi explicar toda la historia
del peronismo, pero este hecho resultaría inexplicable
si no repasamos en la historia universal, el problema
de los pueblos y de los hombres o el problema de los
hombres y de los grandes pueblos. Hoy quiero decir
sobre esto solamente algunas cosas, algunos conceptos
generales, para analizar en una segunda clase, ya
profundamente, en particular, el tema de los pueblos
en la historia, y luego, en otra clase, la apasionante
materia de los grandes hombres, para después
abordar el tema de la agrupación de hombres
en el mundo y tomar después el de las revoluciones,
para llegar así a nuestra revolución
justicialista, y hacer la comparación, que
será siempre ventajosa, porque nuestra revolución
ha sido hecha por un grande hombre apoyado por un
pueblo que buscaba su felicidad y cuyo camino le marcó
su conductor.
Solamente quiero hoy analizar un problema un poco
general: el de los grandes hombres, narrando algunas
anécdotas para explicar cosas o casos que son
a veces inexplicables.
Cuando nosotros, desde este balcón alto del
siglo XX damos vuelta hacia el pasado, advertimos
en seguida que la historia del mundo no es un camino
que viene recto hacia nosotros. No; la historia que
nosotros vemos desde aquí se nos parece un
camino montañoso, que tiene sus valles y sus
montes; los valles son los ciclos vacíos de
los grandes pueblos, los ciclos en que los pueblos
han perdido su tiempo luchando sin objetivos y sin
grandes ideales. Los montes son aquellas etapas altas
del camino, en que se ha dado el milagro de que el
hombre encuentra la manera de conducir a un pueblo
hacia sus altas regiones, o de que un pueblo ha encontrado
a un hombre que lo ha sabido conducir para escribir
una página brillante en la historia de la humanidad.
Algunos creen que la historia la hacen solamente avanzar
las grandes personalidades: éstos son los individualistas
de la historia. Carlyle, por ejemplo, decía
en su gran obra: "Ros herus" que "la
historia universal es, en el fondo, la historia de
los grandes hombres".
Otros en cambio, afirman que la historia es obra exclusiva
de los pueblos: son los colectivistas de la historia.
Ellos son los que afirman, por ejemplo, que aun cuando
San Martín no hubiese venido a conducir a los
ejércitos criollos a su destino de gloria,
otro hubiera ocupado su lugar y hecho lo mismo.
Yo creo que la verdad aquí, como en tantas
partes, reside en una tercera posición. Nada
haría un pueblo sin un conductor, ni hada haría
un gran conductor sin un gran pueblo que lo acompañase
y lo alentara en sus grandes ideales. Y tampoco vale
un pueblo preparado para recibir a un genio, si el
genio no nace allí, en ese siglo y en ese pueblo.
Los genios no tienen explicación en el medio
en que nacen. No son los pueblos ni los siglos las
causas de los grandes genios. Por eso muchas veces
la historia tiene que resignarse a dar como única
explicación del genio la que dio de Napoleón,
llamándolo simplemente el hombre del siglo,
el corso singular, o el escultor de su tiempo.
A veces, como en el caso de Napoleón, ni el
mismo genio se explica, y debe acudir a una frase
inexplicable: "yo soy un trozo de roca lanzado
en el espacio". De él pudo decir tal vez
con cierta razón, uno de los historiadores
de la época: "Napoleón llegaba
de edades remotas", lo que es dar una explicación
a algo inexplicable.
Los grandes hombres no tienen su causa en el medio
en que se desarrollan, pero tampoco los pueblos solos
pueden avanzar en la historia sin tener quien los
conduzca. Por eso es que no todos los siglos ni todos
los pueblos tienen la gracia de encontrar al hombre
que necesitan. Y es una verdad indiscutible que los
pueblos sienten necesidad de grandes encarnaciones;
es así como pueblos que no las han tenido,
han exaltado ciertas figuras imaginarias, como hicieron
los romanos con Rómulo y los españoles
con el Cid, figuras mitológicas, convirtiéndolos
en personajes más o menos gloriosos, que pasaron
a ser arquetipos de la nacionalidad.
Al mirar la historia de la humanidad desde este punto
de vista no encontramos otra cosa que pueblos en busca
de grandes hombres y, también, muchas veces
hombres en busca de grandes pueblos. Cuando se encuentran
los dos, entonces el siglo se viste de gloria y marca
en la historia una página brillante, para que
en ella se escriban sus hazañas y sus nombres.
Lo importante es que los dos, pueblo y genio, se encuentren.
A ustedes les parecerá extraño que yo,
una mujer humilde de la Patria, al tomar un tema eminentemente
partidario como la historia del peronismo, esté
divagando entre pueblos y grandes hombres y haya ido
a tocar la historia universal para hablar de una cuestión
tan contemporánea como la nuestra. Pero es
que quiero hacer con ustedes un estudio profundo de
la historia del peronismo, porque Perón, que
es para mí de los grandes, no sólo por
sus grandes obras sino también –como
lo vamos a ver en clases posteriores- por sus pequeñas
cosas, ha realizado esto que repasando la historia
no hemos visto en ningún otro hombre, con la
perfección con que las lleva a cabo un hombre
singular de los quilates del general Perón.
La historia del peronismo, como la definiré
más adelante, se reduce a dos personajes: el
genio y el pueblo, Perón y los descamisados.
Para tomarla, hay que tomarla profundamente, y yo
quiero llevar esto un poco por la historia universal,
para después situarnos en la historia que nosotros
los argentinos estamos escribiendo a diario con nuestro
apoyo, con nuestra fe y con nuestro trabajo silencioso
y a veces de renunciamiento, para colaborar con la
obra ciclópea y patriótica del general
Perón.
Decía un gran escritor, en sus "Reflexiones
de la historia del mundo", que no le es dado
a cada época tener su grande hombre y no le
es dado tampoco a cada genio encontrar su siglo, y
tal vez haya en alguna parte grandes hombres para
grandes cosas que no existen. Mucha gente piensa que
los grandes hombres no podrían surgir en estos
tiempos de progreso y de civilización, que
han creado grandes masas de hombres cuya cultura superior
impediría que se desarrolle un hombre o un
personaje extraordinario, que solamente podría
llegar a conducir hombres poco cultos u hombres y
mujeres poco civilizados. Pero este argumento se derrumba:
el culto de los héroes no es de los incivilizados
sino de los civilizados. Será tal vez, sin
duda, mucho más difícil que una personalidad
genial triunfe en un pueblo culto, pero allí
donde triunfe ese hombre, tendrá también
el derecho de ser honrado con el título de
grande. Más aún, podemos afirmar con
la experiencia de la historia, que los pueblos más
cultos son los que han tenido siempre la suerte de
ser iluminados por los meteoros de los genios y creo
que a veces los grandes hombres se encuentran, por
esta misma razón, en el mismo siglo y aun en
el mismo pueblo, como Aristóteles y Alejandro,
como Goethe y Napoleón y como Bolívar
y San Martín. Muchas veces incluso la historia
nos muestra cómo estos grandes hombres se enfrentan
unos a otros, y así se ha dado el diálogo
de Alejandro con Diógenes: ¿Qué
quieres de mí? –preguntó Alejandro
a Diógenes-. Que te alejes de mí porque
me quitas el sol –le respondió Diógenes-.
Y dice la historia que Alejandro se fue murmurando:
"Si no fuera Alejandro, quisiera ser Diógenes".
Evidentemente la aparición de hombres extraordinarios
en la historia, no está sujeta a ninguna ley.
Los genios conductores pueden aparecer en medio de
pueblos cuya masa tenga un nivel cultural inferior.
La historia es creación de los hombres que
saben iluminar el siglo con la marca de su propio
carácter y sus propias realizaciones y que
se destacan de sus contemporáneos, como una
montaña en medio de una llanura. Por eso son
grandes.
La historia es también la creación de
los pueblos, porque los pueblos sin conductores casi
no avanzan en la historia, como tampoco la historia
avanza nunca sin grandes pueblos aunque tengan grandes
conductores, porque éstos sucumben por falta
de colaboración, a veces por cobardía
y a veces por incomprensión. A mí me
ha de ser un poco difícil presentar aquí
la figura de nuestro gran conductor, porque solamente
tengo la elocuencia de una mujer sencilla, de pueblo.
Presentarlo a Perón o descubrir su personalidad,
es tan difícil como a un poeta o a un pintor
querer pintar o descubrir al sol. Para ver cómo
es el sol, que salgan y lo vean, y aun viéndolo,
se deslumbrarán. Yo, para poder describirlo
a Perón, los invito a ustedes a que salgan
y lo vean.
Me he preguntado, estudiando un poco a los grandes
hombres para poder también estudiar a un hombre
extraordinario de los quilates del general Perón:
¿cómo podría remediarse esto
de que los grandes pueblos y los genios, no se encuentren
en el mismo siglo? Creo que he ha sido posible llegar
a una conclusión, conclusión que es
más bien producto de un razonamiento lógico,
que me ha sido dado por la experiencia de nuestro
movimiento en la historia de nuestro pueblo y en la
historia del mundo.
Nuestro pueblo ha vivido una larga noche, hasta encontrar
a un genio como es el general Perón. Y ha podido
mantener sus valores morales y espirituales intactos,
para reconocer al genio, apoyarlo, iluminarlo y darle
fe con su cariño, con su consecuencia y con
su tenacidad constante ante los debates de los intereses
más crudos del más rancio capitalismo.
Nosotros, como bien dice nuestro Presidente, podemos
jactarnos de que lo mejor que tenemos es el pueblo.
La grandeza de Napoleón –volviendo hacia
los grandes de la historia universal-, reside no tanto
en haber iluminado su propio tiempo como en haber
creado en el pueblo un estado de conciencia que ha
sobrepasado a su siglo y a su genio. Por eso, a pesar
de que Napoleón hizo padecer tanto a los franceses,
éstos siguen inclinándose ante su memoria
en Los Inválidos. Y lo más importante
aun es que siguen sintiéndose unidos a él.
Y ese sentimiento, ese estado de conciencia, que por
unir a todo un pueblo, puede en cierto modo llamarse
conciencia social, es lo que nuestro querido Líder
ha logrado; y tenemos nosotros que ayudarle a afianzar
la conciencia social que permita que cuando él,
el grande, tenga que alejarse de nosotros por la ley
de la vida, el pueblo pueda sobreponerse a los hombres
de menos quilates –porque no todos son grandes
hombres- para imponerles su acción. La doctrina
debe estar arraigada en el corazón del pueblo,
para que éste pueda hacerla cumplir al más
mediocre de todos los gobernantes que pudiera venir.
Nosotros estaremos unidos al nombre del general Perón,
que, por grande, sobrepasará un siglo. Si no
ocurriera así, los argentinos no mereceríamos
el calificativo de gran pueblo, por no haber sabido
valorar y aquilatar a un hombre de los quilates del
general Perón.
Cuando un pueblo tiene la desgracia de quedarse sin
su conductor, como decía hace un momento, la
verdad histórica nos prueba que solamente puede
seguir su camino en la noche sin perderse, si su conductor
desaparecido ha logrado crear en el pueblo esa conciencia
social, dándole unidad, que es como decir dándole
un ideal común, un mismo espíritu, que
es el espíritu que forman y que dejan como
un sello permanente e indeleble en los corazones de
los pueblos, los grandes conductores. Yo, que tengo
el placer de compartir casi todas las horas del día
con todos los hombres humildes de mi Patria, puedo
casi asegurar desde esta tribuna que el general Perón
ha logrado ya esa conciencia social, que ha inculcado
en el pueblo argentino.
Nosotros la tenemos que perfeccionar, y para ello
no podemos distraer la doctrina del genio para crear
caudillos; no podemos distraer la doctrina del conductor,
que es la felicidad de todos los argentinos, para
favorecer a un grupo. Para favorecernos a nosotros
mismos debemos ser amplios, grandes como la doctrina
del General, y utilizarla para engrandecer a la Patria;
utilizarla para consolidar la independencia económica;
utilizarla para lograr la felicidad del pueblo argentino
y utilizarla para que por siempre sepan todos los
pueblos del mundo que los argentinos somos políticamente
soberanos, económicamente libres y socialmente
justos.
Esta tribuna se ha abierto para inculcar en todos
los peronistas –y yo me alegro que ustedes sean
peronistas que están en la lucha- que no se
dejen llevar por un entusiasmo pasajero, para que
piensen que los pueblos que quieren consolidar un
movimiento no tienen más que un hombre grande,
y que los grandes hombres no nacen por docenas, ni
dos en un siglo; nace uno, y tenemos que bendecir
a Dios que nos haya favorecido con el meteoro del
genio entre nosotros.
Además, debemos convencernos que no es lo mismo
servir a un genio, que servir a un caudillo; que no
debemos tomar la política como un fin, sino
como un medio para servir al prócer y a la
causa. Por lo tanto, nosotros nos debemos sentir apóstoles
de la obra y servidores de la causa de un gran hombre.
Los caudillos en nuestro país han utilizado
siempre a los hombres humildes y han utilizado sus
puestos de lucha para servir a intereses mezquinos
o bastardos. Ellos, llegados al poder, han olvidado
al pueblo y a veces e incluso lo han desconocido.
Por eso nosotros, los argentinos, y sobre todo los
peronistas, que tenemos el privilegio de tener un
genio, como yo lo califico desde este momento al general
Perón, no nos podemos detener en la baja politiquería
de servir a un caudillo, de querer "levantar"
hombres, porque ha aparecido en la República
Argentina un genio y los genios nacen; no se hacen.
Por tratarse de compañeros que están
en la lucha honrosa de hacer conocer nuestra doctrina,
de tratar de inculcarla a muchos otros compañeros
que luchan por ideales comunes, me he de referir a
este punto expresamente en otra clase. Yo nunca me
he dejado de preocupar lo suficiente cuando veo a
hombres humildes que son utilizados por los políticos
en sus intereses mezquinos y bastardos, girando al
genio y queriendo vivir bajo su sombra. No se olviden,
compañeros y compañeras, que toda luz
tiene sombra; tratemos nosotros de ser luz, nunca
la sombra.
Como este tema sobre los métodos y la acción
en las unidades básicas y su relación
con la política mezquina no está dentro
del temario de estas clases, cuando terminen estos
cursos voy a pedirle al señor director que
me permita dar una clase especial sobre esta materia,
para los compañeros y compañeras, interpretando
y auscultando así los sentimientos de nuestro
gran Líder.
Cuenta la historia que uno de los hombres que estuvo
más cerca de Napoleón fue Fouché;
y nadie se explicaba por qué, siendo Napoleón
un genio y un conocedor de hombres, siempre lo tenía
tan cerca y lo distinguía. Pero, siendo que
Fouché le era desleal, Napoleón lo tenía
demasiado cerca porque lo conocía demasiado
bien y necesitaba controlarlo.
Tratemos nosotros de estar cerca del corazón
del Líder, pero lealmente con nuestro trabajo
honrado, luchando y trabajando para llevar agua al
molino del líder común, que es llevarla
al pueblo y a nuestro movimiento. Nosotros gastamos
nuestras energías reconociendo que tenemos
un conductor y un maestro, que tenemos un guía
y un Líder. Y pensemos que todas las patrias,
al crear un símbolo, lo han hecho para mantener
su unidad espiritual y nacional. Nosotros, que no
hemos tenido que andar por muchos siglos buscando
al hombre, como lo buscaba Diógenes; que lo
hemos encontrado, porque él ha venido a nosotros,
nos ha hablado y nos ha traído sus ensueños
patrióticos y sus magníficas realizaciones;
nosotros pongámonos entonces a trabajar honradamente,
pongamos el hombro y el corazón para que las
futuras generaciones de los argentinos puedan decir
que esta generación ha sido benemérita
para la Patria, porque habiendo encontrado al genio
lo supo apoyar y acompañar sin retaceos y sin
mezquindades.
Nosotros hemos encontrado al hombre; no tenemos ya
más que un solo problema: que cuando el hombre
se vaya, como dijo nuestro Líder, la doctrina
quede, para que sea la bandera de todo el pueblo argentino.
No ha de ser la aspiración del pueblo argentino
–y sobre todo la de nosotros, los peronistas,
a quienes me dirijo al hablar en esta clase- la de
trabajar con ropa hecha. Nosotros queremos una obra
de arte, y las obras de arte no se venden en serie
sino que son obras de un artista que las ha creado.
Por lo tanto, no se pueden comprar al por mayor ni
fabricarlas todos los días.
Nosotros tenemos una obra de arte; sepamos aprovecharla
para bien de la Patria; sepamos aprovecharla para
nuestros hijos y para todos los que vendrán,
y tratemos que los argentinos del mañana no
tengan que decir, al hablar de ese hombre que está
quemando su vida en aras de la felicidad de la Patria
y de su grandeza: ¡Cuánto hicieron sufrir
los argentinos, por su incomprensión, a un
patriota! Sobre todo, nosotros, los peronistas que
tenemos el insigne honor de compartir la responsabilidad
de construir esta Nueva Argentina, debemos abrigar
la esperanza y juramentarnos trabajando todos por
Perón, por la Patria y por su pueblo.
La historia de los pueblos es, en síntesis,
como lo veremos en nuestra próxima clase, la
historia de sus luchas por conseguir esta unidad y
este espíritu del que estoy hablando, porque
los pueblos saben que solamente este espíritu
y esta unidad podrán salvarnos de los períodos
vacíos en los que la noche cae sin ninguna
estrella, aun sobre los pueblos que creyeron alcanzar
el privilegio de la eternidad.
Es necesario que repasemos todas estas cosas de la
historia universal para entender nuestro movimiento
peronista y apreciarlo debidamente. Al pueblo argentino
hay que mirarlo a través de sus vicisitudes
y también, por qué no decirlo, a través
de las vicisitudes de los demás pueblos. Tendríamos
que analizar el problema de la conciencia social que
nuestro Líder proclamó como necesidad
fundamental.
El general Perón hace unos días, al
inaugurar el Congreso Interamericano de Seguridad
Social, proclamó que él ambicionaba
crear una conciencia nacional y que creía que
todos los pueblos deberían tratar de lograrla,
para que los pueblos, una vez que la tuvieran, pudieran
aplicarla a los gobernantes que se desviaran del buen
camino, para que cumplieran sus inquietudes y sus
esperanzas. Únicamente un hombre sincero y
honrado, un gobernante de los quilates del general
Perón, puede hablar con esa sinceridad, con
la sinceridad de un apóstol. Únicamente
el general Perón puede decir, con la frente
bien alta, que quiere que el pueblo, en cualquier
momento y en todo instante, le señale el camino.
El General sólo quiere –cosa rara en
este siglo- auscultar los latidos del corazón
popular.
Y tendremos que buscar en la historia de los grandes
hombres, la unidad que nos permita medir la grandeza
de nuestro Líder.
Será éste nuestro primer trabajo. Empezaremos
por estudiar la pequeña grande historia de
estos años de la revolución peronista.
Yo invito a los alumnos de esta escuela superior para
que hagan el camino conmigo, aunque yo no pueda guiarlos
con toda la ciencia necesaria. Ustedes me podrán
perdonar pensando que pongo en este trabajo, que para
mí es tan difícil, todo mi amor, mi
fe y mi fervor peronista.
Los críticos de la historia dicen que no se
puede escribir la historia ni hablar de ella, si se
lo hace con fanatismo, y que nadie puede ser historiador
si se deja dominar por la pasión fervorosa
de una causa determinada. Por eso yo me excluyo de
antemano. Yo no quiero, en realidad, hacer historia,
aunque la materia se llame así. Yo no podría
renegar jamás de mi fanatismo apasionado por
la causa de Perón. Yo solamente quiero hacer
lo que dije aquí el día que inauguramos
esta Escuela: que aprendamos, si es posible, que aprendamos
a querer aun más al general Perón. Eso
es lo que voy a hacer y lo confieso honradamente pensando
en Perón, en su doctrina y en el movimiento.
Desde aquí yo trataré de hacer la historia
del peronismo.
Yo quisiera que las compañeras y los compañeros
alumnos, en la próxima clase que dictaré
en esta Escuela Superior Peronista, quieran hacerme
llegar cualquier pregunta para aclarar cualquier punto
de vista dentro de las líneas doctrinarias
en que hemos encarado estos cursos. Yo voy a hacer
aquí la historia del peronismo al servicio
de la doctrina, de Perón y de la causa. Puedo
tal vez hacerlo porque saben bien todos ustedes los
peronistas de la Patria, que Eva Perón, por
ser Eva Perón, es una misma cosa con Perón:
donde está Perón, está Eva Perón.
Y yo pretendo ser eso, porque quiero que cuando vean
llegar a Eva Perón ustedes sientan la presencia
superior del Líder de la nacionalidad. No ambiciono
nada más que comprenderlo en sus inquietudes,
en sus sueños y en sus ideales patrióticos.
En estos ocho años de mi vida junto al Líder,
no he hecho más que auscultar su corazón,
para interpretarlo y conocerlo y también para
llegar mi pensamiento a los compañeros que
luchan por ideales comunes.
Ustedes habrán visto que Eva Perón jamás
ha hecho una cuestión personal; y como yo sé
que es desgraciado aquel que no se equivoca nunca,
porque no hace nada, al equivocarme he reconocido
inmediatamente el error y me he retirado, para que
no fuera a ser yo la causa de un error que pudiera
perjudicar al movimiento.
Así deben ser ustedes, honrados para reconocer
cuando se equivocan, y honrados y valientes para hacer
llegar, en cualquier momento, a todos los peronistas,
la voz sincera, valiente y doctrinaria de nuestra
causa. Ha de ser grande la causa del General cuando
nosotros, en lugar de someternos y conformarnos con
los viejos comités, escuchando la voz del Líder,
formamos unidades básicas de la Nueva Argentina
en la vida política, tanto en lo que se refiere
a los compañeros como a las compañeras.
Pero no nos conformamos con eso los peronistas, porque
el general Perón es hombre de creaciones y
de realizaciones. Es por eso que se ha creado esta
Escuela Superior Peronista, para esclarecer mentes,
para que conozcan, sientan y comprendan aún
más, si es posible, esta doctrina, de la cual
algunos de ustedes serán los realizadores y
otros, como dijo nuestro querido Presidente y Líder,
los predicadores, que irán por todos los caminos
polvorientos de la Patria desparramando las verdades
de esta Nueva Argentina y de un genio al que debemos
aprovechar: no se olviden que –según
dijo Napoleón- los genios son un meteoro que
se queman para iluminar un siglo.
Extraido de Prensa_Nacional
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