La
juventud argentina del año 2000 querrá
volver sus ojos hacia el pasado y exigir a la historia
una rendición de cuentas encaminada a enjuiciar
el uso que los gobernantes de todos los tiempos han
hecho del sagrado depósito que en sus manos
fueron poniendo las generaciones precedentes, y también
si sus actos y sus doctrinas fueron suficientes para
llevar el bienestar a sus pueblos y para conseguir
la paz entre las naciones.
Por desgracia para nosotros, ese balance no nos ha
sido favorable. Anticipémonos a él para
que conste, al menos, nuestra buena fe y confesemos
lealmente que ni los rectores de los pueblos ni las
masas regidas, han sabido lograr el camino de la felicidad
individual y colectiva.
En el transcurso de los siglos hemos progresado de
manera gigantesca en el orden material y científico,
y si cada día se avanza en la limitación
del dolor, es solamente en su aspecto físico,
porque en el moral, el camino recorrido ha sido pequeño.
El egoísmo ha regido muchas veces los actos
de gobierno y no es el amor al prójimo, ni
siquiera la compasión o la tolerancia, lo que
mueve las determinaciones humanas.
Esa acusación resulta aplicable tanto a los
pueblos como a los individuos. Cierto que en uno y
en otros se dan ejemplos de altruismo, pero como hechos
aislados de poca o ninguna influencia en la marcha
de la humanidad. Es cierto que en ocasiones parece
que se ha dado un gran impulso en favor de los nobles
ideales y de las causas justas, pero la realidad nos
llama a sí y nos hace ver que todo era una
ilusión. Apenas terminada la guerra, ponemos
nuestra esperanza en que ha de ser la última
porque las diferencias entre las naciones se han de
resolver por las vías del derecho aplicado
por los organismos internacionales. Pocos años
bastan para demostrarnos con un conflicto bélico
de mayores proporciones el tremendo error en que habíamos
caído. Hasta el aspecto caballeresco de las
batallas se ha perdido y hoy vemos con el corazón
empedernido como al cabo de veinte siglos de civilización
cristiana, caen en la lucha niños, mujeres
y ancianos.
Apenas un conflicto social ha sido resuelto vemos
asomar otro, de más grandes proporciones, no
siempre solucionado por las vías de la inteligencia
y de la armonía sino por la coacción
estatal o de las propias partes contendientes más
fuertes, no el del mejor derecho.
Frente a esta lamentable realidad: ¿de qué
han servido las doctrinas políticas, las teorías
económicas y las elucubraciones sociales?.
Ni las democracias ni las tiranías, ni los
empirismos antiguos ni los conceptos modernos han
sido suficientes para quietar las pasiones o para
coordinar los anhelos. La libertad misma queda limitada
a una hermosa palabra, de muy escaso contenido, pues
cada cual la entiende y la aplica en su propio beneficio.
El capitalismo se vale de ella no para elevar la condición
de los trabajadores procurando su bienestar, sino
para deprimirles y explotarles. Los poseedores de
la riqueza no quieren compartirla con los desposeídos
sino aceptarla y monopolizarla. E inversamente, los
falsos apóstoles del proletariado quieren la
libertad más para usarla como un arma en la
lucha de clases que para obtener lo que sus reivindicaciones
tengan de justas.
No ha empezado a alborar el liberalismo económico
cuando -para impedir sus aplausos- tiene el Estado
que iniciar una intervención cada vez más
intensa a fin de evitar el daño entre las partes
y el daño a la colectividad. Pero tampoco su
intervencionismo constituye un remedio eficaz porque,
o es partidista, o busca anular las libertades individuales
y con ellas a la propia persona humana.
El mundo ha fracasado. Mas este fracaso, ¿será
tan absoluto que no deje un mínimo resquicio
a la esperanza?. Posiblemente podamos mantener el
optimismo con la ilusión de que el avance de
la humanidad hacia su bienestar es tan lento que no
lo percibimos, pero de cada evolución queda
una partícula aprovechable para el mejor desarrollo
de la humanidad. El avance es invisible y está
oculto por sus propios vicios a que antes he aludido,
pero no por eso deja de existir.
Se haría más perceptible si cada uno
de nosotros se despojase de algo propio en beneficio
de sus semejantes, si tratase de dirigir las disputas
con la razón y no con la violencia. Dentro
de mis posibilidades así he procurado hacerlo
y, en este sentido, he orientado mi labor de gobernante.
200.10.121.123 ceibo.is.com.arálgame por lo
menos la intención y sea ella la que juzguen
y valoren mis críticos del porvenir.
La humanidad debe comprender que hay que formar una
juventud inspirada en otros sentimientos, que sea
capaz de realizar lo que nosotros no hemos sido capaces.
Esa es la verdad más grande que en estos tiempos
debemos sustentar sin egoísmos, porque éstos
nos han conducido solamente a desastres.
En nuestra querida Argentina, el panorama descripto
se ha sentido sin ser cruento, pero en el orden general,
los hechos prueban que ha sido el acierto la resolución
que ha precedido nuestra realidad. La independencia
política que heredamos de nuestros mayores
hasta nuestros días, no había sido colectivizada
por la independencia económica que permitiera
decir con verdad que constituíamos una nación
socialmente justa, económicamente libre y políticamente
soberana.
Por eso nosotros hemos luchado sin descanso para imponer
la justicia social que suprimiera la miseria en medio
de la abundancia; por eso hemos declarado y realizado
la independencia económica que nos permitiera
reconquistar lo perdido y crear una Argentina para
los argentinos, y por eso nosotros vivimos velando
porque la soberanía de la Patria sea inviolable
o inviolada mientras haya un argentino que pueda oponer
su pecho al avance de toda prepotencia extranjera,
destinada a menguar el derecho que cada argentino
tiene de decidir por sí dentro de las fronteras
de su tierra.
Contra un mundo que ha fracasado, dejamos una doctrina
justa y un programa de acción para ser cumplido
por nuestra juventud: esa será su responsabilidad
ante la Historia.
¡Quiera Dios que ese juicio les sea favorable
y que al leer este mensaje de un humilde argentino,
que amó mucho a su Patria y trató de
servirla honradamente, podáis -hermanos del
2000- lanzar vuestra mirada sobre la Gran Argentina
que soñamos, por la cual vivimos, luchamos
y sufrimos!"
Juan Domingo Perón
Esta carta fue escrita por el Presidente Juan Domingo
Perón y enterrada en la base de la Pirámide
de Mayo para ser abierta en oportunidad del 150º
Aniversario de la muerte del Gral. San Martín,
o sea el 17 de agosto de 2000. Lamentablemente la
intolerancia y el odio de la mal llamada "Revolución
Libertadora" los llevó junto a tantos
crímenes y vejaciones de la memoria colectiva
del peronismo a desenterrar y destruir ese mensaje
tan valioso.
Los hombres de la resistencia del Movimiento Nacional
Justicialista conservaron este valioso mensaje, que
fue leído en la fecha y tal como lo pidiera
el Gral. Perón por los jóvenes de la
JUP, en Plaza de Mayo.